Las excusas que te dices cuando sabes que algo no está funcionando (pero no quieres aceptarlo)
Hay momentos en los que no necesitas que nadie te diga que algo va mal.
Ya lo sabes.
Pero en lugar de enfrentarlo, empiezas a construir pequeñas excusas que te permiten seguir como si nada.
“No es para tanto.”
“Está pasando por una mala racha.”
“Últimamente está más liado de lo normal.”
Y así, poco a poco, conviertes señales claras en situaciones justificables.
Lo curioso es que no lo haces porque seas ingenua. Lo haces porque aceptar lo contrario implicaría tomar decisiones que no te apetece tomar.
Porque mientras sea una “fase”, no tienes que hacer nada.
Mientras tenga explicación, no tienes que cuestionarlo todo.
El problema es que esas explicaciones rara vez vienen de la otra persona. Vienen de ti.
Eres tú quien rellena los silencios.
Quien suaviza los cambios.
Quien convierte lo evidente en algo dudoso.
Y no es casualidad.
Es mucho más fácil adaptarse a una versión cómoda de la realidad que enfrentarse a una incómoda.
Porque aceptar que algo no está funcionando implica asumir que, probablemente, no va a mejorar solo.
Y eso da miedo.
Así que sigues. Ajustas expectativas. Te convences de que no necesitas tanto. Y te acostumbras a una versión de la relación que, si lo piensas bien, no es la que querías.
Hasta que llega un punto en el que ya no puedes sostener más la narrativa.
Porque una cosa es entender a alguien… y otra muy distinta es empezar a engañarte a ti misma para que todo encaje.
