Excusas que te dices cuando algo ya no funciona: cómo reconocerlas
Hay momentos en los que una parte de ti sabe que algo no está funcionando, pero otra sigue encontrando razones para aguantar un poco más. Puede ocurrir en una relación, una amistad, un trabajo o incluso con un hábito que llevas tiempo intentando mantener. Las excusas que te dices no siempre son mentiras conscientes; muchas veces son explicaciones que ayudan a reducir la incomodidad de aceptar una realidad que obligaría a tomar una decisión.
El problema aparece cuando esas explicaciones se repiten durante meses y empiezan a sustituir a los hechos. Para reconocerlo no necesitas juzgarte ni asumir que todo malestar significa que debes marcharte. Lo útil es observar qué te estás diciendo, qué está ocurriendo realmente y si algo cambia después.
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Por qué buscamos explicaciones cuando algo nos incomoda
A las personas nos cuesta mantener dos ideas contradictorias al mismo tiempo. Por ejemplo: “esta relación me importa” y “esta relación me está haciendo daño”. Esa tensión puede resultar incómoda.
En psicología existe el concepto de disonancia cognitiva, que describe precisamente el malestar que puede aparecer cuando nuestras ideas, decisiones o comportamientos entran en conflicto entre sí. Una forma de reducir esa incomodidad es cambiar de comportamiento, pero otra es reinterpretar lo que ocurre para que resulte más fácil mantener la situación.
Eso no significa que cada vez que justificas algo estés engañándote. Todos necesitamos contexto antes de tomar decisiones. La diferencia está en si la explicación ayuda a entender una situación concreta o se convierte en una respuesta automática que permite que nada cambie.
“Está pasando por una mala etapa”
Esta frase puede ser completamente cierta. Una persona puede estar atravesando estrés, problemas familiares, enfermedad o cualquier situación que afecte temporalmente a su forma de relacionarse.
La pregunta útil no es “¿tiene una buena razón?”, sino “¿qué ocurre con el problema mientras esa razón existe?”.
Por ejemplo, alguien puede estar muy estresado y tener menos energía para comunicarse. Pero también puede reconocerlo, explicarlo y buscar alguna forma de mantener el vínculo. Si, en cambio, durante meses cualquier comportamiento termina justificándose con “lo está pasando mal” y nunca existe conversación ni cambio, quizá la explicación ya no sea suficiente.
Una circunstancia difícil puede explicar un comportamiento. No necesariamente convierte ese comportamiento en algo que tú tengas que aceptar indefinidamente.
“Cuando cambie esto, todo estará mejor”
A veces colocamos la solución en un futuro hipotético:
“Cuando termine este proyecto estará más presente.”
“Cuando vivamos juntos discutiremos menos.”
“Cuando encuentre otro trabajo será diferente.”
Puede ocurrir. Las circunstancias influyen en las relaciones. Pero también es fácil convertir ese futuro en una fecha que siempre se desplaza.
Una forma sencilla de comprobarlo es mirar atrás. ¿Ya hubo otros momentos en los que pensaste que todo mejoraría después de determinado acontecimiento? ¿Qué pasó cuando llegó?
Si el problema cambia de explicación pero permanece igual, quizá ya no dependa solamente de las circunstancias.
“Ya he invertido demasiado como para dejarlo ahora”
El tiempo compartido puede pesar mucho a la hora de tomar una decisión. Cinco años de relación, años trabajando en una empresa o meses intentando que un proyecto funcione pueden hacer que abandonar parezca una pérdida.
Ese razonamiento se parece al llamado efecto de los costes hundidos: la tendencia a continuar con una decisión debido a lo que ya hemos invertido en ella, aunque esa inversión no pueda recuperarse y no debería determinar por sí sola qué conviene hacer a partir de ahora.
El pasado importa porque forma parte de tu historia, pero no obliga a mantener el futuro.
Una pregunta más útil que “¿cuánto he invertido?” es: “Si esta situación comenzara hoy exactamente como es ahora, ¿elegiría entrar en ella?”.
La respuesta no tiene que decidir nada por ti, pero puede mostrar cuánto pesa la inversión pasada en tu forma de evaluar el presente.
“Quizá estoy pidiendo demasiado”
Revisar nuestras expectativas es sano. A veces podemos esperar que otra persona adivine lo que necesitamos, esté disponible siempre o responda exactamente como nosotros lo haríamos.
Pero cuestionarte también puede convertirse en una forma de invalidar necesidades razonables.
Puedes separar dos preguntas:
¿Lo que necesito es razonable?
y
¿esta persona o situación puede ofrecérmelo?
No son lo mismo.
Puedes necesitar comunicación frecuente y estar frente a alguien que necesita mucho más espacio. Ninguno tiene necesariamente la culpa, pero puede existir una incompatibilidad real. Reducir continuamente tus necesidades para evitar reconocerla no soluciona el problema.
Aquí puede ser útil poner límites en una relación: no para controlar a otra persona, sino para determinar qué necesitas para poder permanecer en una situación de forma saludable.
Cómo diferenciar las excusas que te dices de una explicación real
No existe una prueba matemática, pero puedes mirar cuatro aspectos.
1. La explicación es concreta.
“Esta semana tiene un examen importante” es diferente de “ahora mismo tiene muchas cosas”.
2. Tiene algún límite temporal.
Una dificultad puede durar mucho tiempo, pero normalmente puedes identificar qué está ocurriendo y cómo se está gestionando.
3. Existe responsabilidad.
La otra persona —o tú misma— reconoce el impacto de lo que ocurre en lugar de utilizar las circunstancias para evitar cualquier conversación.
4. Hay algún tipo de cambio o intento.
No todo se resuelve inmediatamente, pero existe una conducta diferente: una conversación, un ajuste, una búsqueda de soluciones o una decisión.
Si durante meses tienes exactamente la misma conversación, utilizas exactamente las mismas razones y el resultado sigue siendo exactamente el mismo, merece la pena prestar atención a ese patrón.
Una prueba sencilla: hechos, explicación y consecuencia
Cuando estás muy implicada emocionalmente, puede ser difícil saber si estás viendo la situación con claridad. Una forma de ordenarla es escribir tres cosas por separado.
Hecho: ¿qué ha ocurrido realmente?
Explicación: ¿qué razón estoy dando para justificarlo?
Consecuencia: aunque la explicación sea cierta, ¿qué efecto tiene esta situación sobre mí?
Por ejemplo:
Hecho: llevamos tres meses intentando hablar sobre el mismo problema y la conversación siempre se pospone.
Explicación: está muy ocupado con el trabajo.
Consecuencia: sigo viviendo con incertidumbre y el problema continúa sin abordarse.
La explicación puede ser verdadera y, al mismo tiempo, la consecuencia puede seguir siendo difícil de aceptar.
Separarlas ayuda a evitar dos extremos: pensar que todo tiene que terminar inmediatamente o convencerte de que una buena explicación significa que no tienes derecho a sentirte incómoda.
No necesitas demostrar que algo es “lo bastante malo”
Muchas de las excusas que te dices aparecen porque creemos que necesitamos una razón objetiva e indiscutible para cambiar de rumbo.
Pero no siempre existe una gran traición, una pelea definitiva o un acontecimiento que marque claramente un antes y un después. A veces una situación simplemente deja de encajar con lo que necesitas.
Reconocerlo no significa tomar una decisión impulsiva. Puedes hablar, pedir cambios concretos, establecer límites y observar qué ocurre después.
Lo importante es que las explicaciones no sustituyan indefinidamente a la realidad. Una buena razón puede ayudarte a comprender por qué algo está pasando; no necesariamente te obliga a permanecer en una situación que, con el tiempo, sigue haciéndote sentir mal.
En definitiva, identificar las excusas que te dices no consiste en desconfiar de cada explicación. Consiste en mirar si esas explicaciones están ayudando a resolver un problema o simplemente están haciendo posible que el mismo problema continúe.
